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Arquitectura de un sueño

Cuando empiezo a leer un libro, me gusta descubrir su arquitectura, sus cimientos y el apretado desarrollo de sus tuberías. Es un proceso intricado, pero me permite abrazar la idea primordial de la obra que voy a descubrir. Ciertamente, no es algo que hacer cuando leemos en el calor de la cama antes de quedarnos dormidos. Decimos que es más bien un juego literario fruto de mi amor (latente) por la filología. Pero bueno. De todas formas una vez que lo tienes por la mano, se vuelve casi fácil encontrar patrones que se repiten, andamios que se parecen entre sí y edificios de espejos. Hace mucho ya que no encuentro un detalle que me distraiga, un pequeño acabado del marco capaz de hacerme tropezar en mis lecturas. Capaz de hacerme saltar, digamos de alguna manera.


Pero aquí estamos hoy. Mucho más que una sacudida, fue la apnea que me ahogó al leer Los inconsolables (1995) del Premio Nobel de Literatura (2017) Kazuo Ishiguro.

«Será el Premio Nobel por una razón, ¿no?»

¿No?

No lo sé. Mentiría diciendo que conozco la obra completa del autor británico (de origen japonés). Sé, sin embargo, que la operación estilística y literaria que se encuentra en la base de Los inconsolables es un tema de su repertorio y lo ha saqueado de Carroll, Kafka, Schnitzler, Gombrowicz y otros autores que han pasado (y desde allí regresaron) por el pleno mundo del Sueño. Después de ganar el Premio Booker en 1989 con Lo que queda del día, fue el propio Ishiguro quien confirmó en varias entrevistas que quería crear un producto literario diferente, audaz y atípico.

Y aquí estoy, una vez más hablando del realismo mágico y del mundo onírico, porque Los inconsolables es un sueño. Y hasta ahora imagino que se había entendido; lo que queda por resaltar es la profundidad a la que llega esta novela. Se podría decir que hay una literatura onírica que habla de sueños y otra que habla sobre lo que pasa durante el sueño y, sobre todo, cuando te despiertas o crees que te has despertado. La diferencia radica esencialmente en ese sentimiento, que es casi una molestia, de continuo olvido, de tibia desilusión.

En este mundo agrietado, los personajes de la novela son incapaces de aprovechar su memoria y de disminuir la discrepancia entre la inconsistencia y la realidad debido a la falta de causas y efectos. En una ciudad sin nombre llega un famoso pianista, el Sr. Ryder, el protagonista de la historia. Periodistas, muchas personas curiosas y personajes inquietantes le esperan. Todos comparten un elemento en común: conocen al protagonista y esperan algo de él. Y aquí está el primer elemento sustancial: falta un centro, falta el punto de vista central, tragado en un olvido anónimo. Ryder no recuerda absolutamente nada, ni siquiera la razón por la que está en esta ciudad, ni por qué las caras de muchos de los presentes le son tan familiares.

De esta ausencia brota intrincadamente la búsqueda de significados, de noticias, de verdad. No desde una base sólida, sino desde un vacío. La estructura de la novela se basa en la nada que se ha convertido en una presencia que abruma al pasivo Sr. Ryder con una impetuosidad implacable: al final de las 535 páginas, nos daremos cuenta de que ni siquiera sabemos el nombre de pila de este personaje.

Es totalmente normal sentirse desorientado (el mismo protagonista naufraga entre casas y calles desconocidas y sin nombre), y aún más asombroso es darse cuenta del segundo elemento, mucho más importante: la intimidad de la trama es terriblemente familiar. No nos sentimos extraños, estamos absorbidos por el flujo laberíntico de los mundos internos de los personajes, cada uno en busca de algo que no puede superar o recordar. Parecen proyecciones de nuestro subconsciente, nacen y viven en nosotros. El tiempo pasa lentamente: el curso de la historia es pesado, forzado, torpe como cuando intentas correr en un sueño. No es una lectura fácil, sino un libro que abre visiones vívidas que huelen a literatura palpitante.

Como el propio Ishiguro comentó: «Yeah, I wouldn’t take it to the beach.«. Ya sabéis, a la Barceloneta os lleváis el ultimo libro de Javier Castillo.

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