Desierto sonoro
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Desierto sonoro

Todavía no estoy segura de cómo voy a hacerlo, pero la historia que tengo que contar es la de los niños que no llegan, aquellos cuyas voces han dejado de oírse porque están, tal vez irremediablemente, perdidas. Tal vez yo también voy a la busqueda de ecos y fantasmas. Exepto que los míos no están en los libros de historia, ni en los cementerios. ¿Dónde están, los niños perdidos?

(V. Luiselli, Desierto sonoro, p. 186, Editorial Sexto Piso, Barcelona, 2019)

Comencemos desde el único punto de partida posible: desde el Quijote. Mi profesora de literatura me decía que partir de Cervantes siempre es una buena idea, sea cual sea el camino que tomes, especialmente si es para hablar de una gran novela.

No es casualidad, en la esencial Teoría de la novela (1920), Georg Lukács considera a El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha como la primera novela propiamente dicha, ya que es precisamente a través del personaje de Don Quijote, que Cervantes revela la realidad del mundo. En este caso, gracias a la ironía, que Lukács identifica como una forma literaria (o sea, recursos literarios que sirven para modificar y plasmar el contenido de la narración), que mantiene la separación entre el personaje y el mundo, o más bien entre lo ideal y lo real.

La creación de «formas», como formas artísticas, es el signo de la pérdida de la totalidad entre ideal y real y, en consecuencia, de una disonancia inevitable entre el arte y la vida: el arte es tal si es autónomo, y por lo tanto separado de la vida. Precisamente, esta separación de la vida y, por lo tanto, del contingente, ofrece al arte la posibilidad de manifestar lo absoluto y hace posible su dimensión epifánica.

La realidad visionaria del mundo se ha vuelto, de esta manera, autónoma: ha dejado de ser una copia, ya que todos los prototipos se han ido y es una totalidad creada. Pero, para que la novela alcance su propósito, todas las grietas y abismos que trae consigo la situación histórica deben incluirse en la representación y no pueden ni deben enmascararse por medios compositivos.

Desde este punto de vista, si el significado dado en la novela es referirse al no sentido del mundo, es necesario que la misma forma de novela refleje «las grietas y los abismos». Por lo tanto, la novela es una forma solo en la medida en que se refiere desde su interior a un sin sentido que hace que esa forma sea siempre incompleta, con la consecuencia de que en ella se da la totalidad y, al mismo tiempo, se quita; se persigue y al mismo tiempo es inalcanzable.

No es sorprendente que, como lo demuestra la poderosa Recherche de Marcel Proust, la tarea de reflexión dentro de la narrativa es pensar en la eternidad y en la muerte al mismo tiempo. La novela surge así de una búsqueda de la totalidad y expresa la conciencia de que la distancia que nos separa de esta totalidad, como dicho antes, es insuperable.

Ahora bien. ¿Cuál sería un buen ejemplo para codificar esta teoría en la práctica? Esta distancia insalvable y esta brecha entre lo ideal y lo real presente en una novela, definitivamente una más moderna, de la que me gustaría hablar hoy: Desierto sonoro (2019) de Valeria Luiselli.

Desierto sonoro habla de una pareja en crisis viajando en coche con sus dos hijos pequeños desde Nueva York hasta Arizona. Ambos son documentalistas y cada uno se concentra en un proyecto propio: él está tras los rastros de la última banda apache en rendirse al poder militar estadounidense; ella busca documentar la diáspora de niños que llegan a la frontera sur del país en busca de asilo.

Las estadísticas hablan caro: casi 169,000 niños se han rendido en la frontera sur de Estados Unidos en los primeros siete meses de 2019, y más de la mitad tienen 12 años o menos, según registros federales y funcionarios familiarizados con las estadísticas de Aduanas y Protección Fronteriza. El problema es algo real. Y justamente aquí empieza la búsqueda de la protagonista, inmersa en la densa red de rastros para tratar de encontrar a dos niñas perdidas en el desierto durante un intento de migración.

Valeria Luiselli escribe exactamente de la misma forma en la que habla (es suficiente mirar cualquiera de sus entrevistas para darse cuenta de esto): te envuelve en un tejido de telarañas, que empujan al lector hacia el núcleo más profundo e íntimo de su narración. En ese centro la escritora mexicana construye su temática principal, que es precisamente esa distancia entre lo real y lo ideal que forma el esqueleto de la novela moderna. Los personajes se camuflan con los paisajes y con la búsqueda que les mueve, de hecho se convierten en su emblema y reflejan todas las incertidumbres de la vida. Modifican la realidad que los rodea con historias y con una narración personal sobre la existencia. Separan lo que les gustaría que fuera con lo que de verdad es. Y en esta grieta que se genera, podemos ver pulsar la gran literatura.

Desierto sonoro es de hecho este binomio: una historia de crítica social y poesía intensa, que logra, de la manera más convincente posible, contar la violencia del presente contra una diáspora real y a la vez irreal.

Porque lo que buscan los protagonistas de Desierto sonoro son fantasmas. Espectros que a veces toman la forma de apaches, otros de una familia que lucha por mantenerse unida, y finalmente de muchas pequeñas voces que se apagan en el desierto. Es como ver desde el exterior, el interior de una casa a través de la ventana: una luz encendida, un vistazo a una mesa, unos libros, un gato durmiendo, una planta. Tal visión da la ilusión de que la vida es feliz, de que todo ha sido devuelto, más allá de todo drama, a la serenidad de los afectos, a la paz de la esperanza. Y, en cambio, es propiamente ese «exterior» el torbellino dentro del cual seguimos sufriendo; el contexto donde no podemos encontrar lo que realmente estamos buscando. El lugar donde lo ideal choca con lo real y crea la narrativa. Pura, densa, hermosa narrativa.

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